Había nacido en una pequeña población del norte italiano en 1923, pero el destino lo trajo a la Argentina primero y a Caseros después, donde para todos fue simplemente el Padre Eduardo. El pasado 11 de octubre, sorpresiva y dolorosamente, dejaba esta tierra el Monseñor Eduardo Gloazzo, tras una intensa y fructífera labor parroquial al frente de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced en Caseros.

El 3 de octubre había sido intervenido quirúrgicamente, la recuperación fue notable, por ello tuvo el alta médica tan sólo ocho días despúes, pero el destino quiso que mientras esperaba una ambulancia para ser trasladado a su parroquia el corazón le diga basta.

Fuel el mismo corazón que impulsó su sacerdocio con pasión. El mismo que latía fuerte cuando siendo muy pequeño se hizo cargo de su madre y de dos hermanos menores porque el padre había venido a la América. Así conoció la rudeza del campo y la pobreza, la austeridad y la noble enseñanza de sembrar para poder cosechar.

La vida lo deslumbró con un sacerdote de su pueblo al que imitaba, su apellido era Rossi, homónimo del Obispo de San Mertín que lo despidira con una misa de cuerpo presente en el templo que fue refugio e inspiración desde 1956 hasta nuestro días.

Durante décadas fue rector del Instituto Nuestra Señora de la Merced, del que habrió la rama media. En los primeros años se ganó fama de duro, pero es que no había otro modo de hacer las cosas en una época en la que la efervescencia y el riesgo eran sinónimos de juventud.

De excelente ralación con los pastores y creyentes de otras religiones, Gloazzo se caracterizó por respetar y hacer respetar su figura de sacerdote, su vida extraclerical nunca trascendió, dicen quienes lo conocieron en la intimidad que era un apasionado del fútbol y que la austeridad y seriedad que demostraba en público era una constante en su vida cotidiana.

Siempre admiró y amó profundamente a su madre, Regina Coelli, principal instigadora de su fe cuando era pequeño y jugaba a ser cura con sus hermanos como monaguillos. Nunca imaginaron quizá que ese pequeño iba a llegar a oficiar misa en un altar y que durante la misma sufriría un atentado.

Fue un domingo por la mañana a principios de la década del 70, un hombre enajenado, quien luego dijo estar poseído por el demonio, disparó contra Gloazzo dos veces sin punteria, el tercer tiro, con el sacerdote indefenso en el suelo del altar no llego a salir y el Padre Eduardo salvó providencialmente su vida.

Nunca se sintió monseñor, si bien no fue cura populachero y simpaticón, nunca se creyó ser señor de nadie, por ello prefería que lo llamen Padre Eduardo. La simpleza fue una constante en su misión, nunca obtuvo réditos personales por su jerrarquía y siempre trató de acercar las iglesias a la gente. Por ello impulsó la construción de una humilde pero cálida capilla en la calle Urquiza en la zona de Villa Parque y se hallaba comandando la construción de otra iglesia en la zona céntrica de Caseros.

La serenidad que transmitía contrasta notablemente con su agitada vida. Un padre veterano de guerra, la rudeza del trabajo campesino, el ingreso al seminario, el ordenamiento sacerdotal, la quema de iglesias, la lucha de laica o libre, la fundación del Instituto de Educación Media, los años violentos de la década del 70, y por último la democracia, la convivencia con los medios de comunicación, la fundación de una radio parroquial y la construcción de nuevos templos como misión final.

Todo el la vida de este hombre que hace pocos diás nos dejó, a sus 78 años, físicamente, pero sólo eso, porque el tiempo pasará y el Padre Eduardo será inolvidable.

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